Este
verano soy yo quien saca unas gafas de sol de la guantera antes de cruzar la
meseta.
Este
verano soy yo quien juega en la playa a tirar a unas niñas de una
colchoneta.
Este
verano soy yo quien, al borde de la cama, cuenta cuentos sobre un mago.
Este
verano soy yo quien trata de sacar fotos de toda la familia para revisitarlas
durante el invierno. Como todos los inviernos.
Este
verano soy yo quien se aprende la guía turística para contarla en pequeños
fascículos. Aún siendo consciente de que las dosis de historia tienen unos
miligramos de somnolencia para el público infantil.
Este
verano sería yo quien se pidiera una Copa Brasil, si siguieran vendiéndolas.
Este
verano seré yo quien aprenda a limpiar la piscina. La alquimia del pH y la
depuradora.
Seré
yo quien unte crema para el sol y Autan para los mosquitos.
Seré
yo quien utilice las notas del móvil para escribir estos párrafos. Igual que lo
hacía él.
Seré
yo quien diga que después de comer no vale meterse en el agua.
Seré
yo quien busque una hamaca o una tumbona al aire libre para dormir la siesta.
Yo, que era el único en la casa que detestaba las siestas. El que las cambiaba
por novelitas de vaqueros o de Los Cinco.
Seré
yo quien ceda y cambie la montaña por la playa. Aunque no me guste tanto, pero
sí a ellas.
Seré
el que escucha la fanfarria lejana proveniente de un hotel plagado de
turistas. Mientras sudo y doy vueltas en la cama una noche asfixiante de
agosto.
Me
levantaré de esa cama. Revolveré el cajón del escritorio. Cogeré un folio.
Encenderé un ordenador.
Leeré o escribiré hasta que oiga a los nórdicos volver
de su incursión nocturna.
En
el desayuno diré que no he pegado ni ojo. Como tú hacías después de leerte un
libro del tirón. O de disfrutar de una sesión doble de cine clásico junto a
mamá.
Cuando
haga todas y cada una de esas cosas me acordaré de ti. Si lo hiciera mil veces
este verano. Pues mil veces pensaría en ti y en tu silencio.
En
ese espacio inmenso, imposible de rellenar, que nos dejaste.
A
pesar de tu ausencia, disfrutaré de cada momento. De cada ola, de cada sonrisa,
de cada excursión, de cada bocado de esta vida.
Disfrutaré
de los momentos ordinarios, incluso si son las tediosas luchas cotidianas.
También de los momentos extraordinarios. Veremos un eclipse total de sol. Como
escribiste en el artículo que copio a continuación: “Cuán grande es la
creación”.
Disfrutaré
de este tipo de verano del que solo tendremos un puñado a lo largo de nuestra
vida compartida.
Porque
mamá y tú también me enseñasteis esto. A amar la vida, a disfrutarla con quien
más quieres. A aprovechar cada momento. A montar planes, escapadas, viajes.
También a pararme. A pensar.
Me
volveré a preguntar qué hay detrás de la última estrella.
Entre
idas y venidas una noche señalaré al cielo y diré el nombre de una
constelación. Lo haré una de esas madrugadas a mitad de verano. Mientras
jugamos a ver estrellas fugaces. Mentiré diciendo que he visto varias. Cuando
en realidad no estaré mirando hacia arriba. Sino a vuestras tres caritas
ilusionadas.
En Alcossebre, a 18 de julio de 2026.

Historia del tiempo
Paseando por el patio central del Trinity College, no ha muchas fechas, hacía cábalas acerca de la manzana del más ilustre profesor de Cambridge, Isaac Newton. Venía a mi memoria una pregunta sin respuesta que me hiciera mi hijo de 4 años hace algún tiempo: Papá, ¿Qué hay detrás de la última estrella? La lectura de algunos comentarios hechos sobre una reunión de científicos en torno a la idea del tiempo me ha hecho retomar el libro de uno de ellos, Stephen Hawking, y perderme de nuevo en sus infinitas páginas. Este hombre, sucesor de Newton en la cátedra Lucasian de Matemáticas en la citada Universidad de Cambridge, a pesar de la terrible enfermedad que le aqueja, presenta una excepcional brillantez en la exposición de sus ideas.
En la votación que se hizo en la referida reunión de sabios ganaron aquellos que sostienen la teoría de la inexistencia del tiempo. Esta afirmación nos rebasa totalmente a los mortales.
Hagamos un poco de historia del tiempo, parafraseando a Hawking. La Biblia parece decirnos que la Tierra es el centro del universo, y que el Sol gira a su alrededor. También el filósofo griego Aristóteles lo veía así. Muchos siglos transcurrieron hasta Copérnico, al que hoy llamaríamos polaco por su nacimiento, el cual propuso al Sol como centro del universo, girando la Tierra a su alrededor. Casi un siglo más tarde Galileo se atrevió a mirar las estrellas cara a cara con su flamante y recién invento. Dedujo de ello, y lo lanzó a los cuatro vientos, que el Heliocentrismo de Copérnico era cierto. En mala hora escribió sus Diálogos el astrónomo pisano, pues libróse de la hoguera por los pelos.
Pero volvamos a Newton. Estamos aún en el siglo de Galileo, cuando el inglés atormenta al mundo con sus Principia Mathematica. Estábamos en la tranquila contemplación terrestre de nuestra superioridad cuando lanza la Ley de la gravitación universal. Resulta de ello que las estrellas se atraen entre sí. Este raro enamoramiento abre un resquicio a la nueva idea: el universo se está expandiendo.
Así pues ahora nos enteramos que lo que vemos en el cielo estrellado en noches de luna clara no es inmutable, no es lo mismo un día que otro, se agranda. A ello Edwin Hubble añade un peldaño más, observa que absolutamente todas las galaxias se alejan del espectador y eso conlleva una inmediata sugerencia, en otro momento debieron estar más cercanas, en un determinado instante debieron surgir; la teoría del comienzo del universo como una explosión primigenia, el big-bang, se comprende más fácilmente y también la de un ente superior, un creador.
Ya tenemos un universo cambiante, pero falta la guinda de este pastel complicado y hermoso. Einstein va a ponérsela con su Teoría de la relatividad. Hace falta una cuarta dimensión, el tiempo, para entender el universo. Sirva un pequeño ejemplo: si el Sol se apagara en este mismo instante no nos enteraríamos, porque ahora estamos en el futuro de un pasado normal del Sol; pero dentro de 8 minutos sí que nos enteraremos, porque entonces estaremos en el futuro de un pasado anormal del Sol. Esto ocurre a diario con las Galaxias que contemplamos en el Universo, pues de las más lejanas estamos viendo su pasado de hace ocho mil millones de años (lo que tarda su luz en llegarnos).
Así pues esa pregunta, ¿Qué hay detrás de la última estrella?, no solo no tiene respuesta, sino que no puede tenerla nunca, pues nuestro tiempo es distinto del tiempo de cualquier estrella que contemplamos. El tiempo es un espacio que se curva soportando la masa y energía que sobre él gravitan. El tiempo tiene su historia, la que nos cuenta S. Hawking en su libro; léanlo y comprenderán cuán grande es la creación, aún contada por un ateo como él.
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