El sembrador de estrellas
El sembrador de estrellas
A don Antonio Díaz-Corralejo, in memoriam.
Recibo con tristeza la reciente noticia de que don Antonio Díaz-Corralejo, sacerdote de 93 años, ha sido llamado a la Casa del Padre. No por esperada deja de causarme una profunda tristeza esta noticia.
Pero también sonrío cuando pienso en el privilegio que tuvimos mi familia, y yo particularmente, de tratar con él en múltiples acontecimientos.
Es más, pienso en que serán infinitas las anécdotas que los talaveranos que tuvimos el privilegio de tratar con él atesoraremos para siempre en nuestra memoria y en nuestro corazón.
Como aquel amigo a quien casó don Antonio y que, como la novia llegaba tarde, dijo que él se quedaba a la boda solo porque no había un bar cerca. Qué sentido del humor...
Foto: Miguel Martínez-Camacho
Recuerdo también muchos de sus sermones exprés. En tan solo cinco minutos era capaz de condensar las enseñanzas del evangelio del día. Le daba tiempo a disparar dos certeros mensajes, uno dirigido a los niños y otro a los adultos. Y lo hacía siempre con cercanía, claridad y una sonrisa, incluso cuando trataba algún tema difícil. Qué inteligencia... porque hace falta ser inteligente para explicar con sencillez la trascendencia. El colmo es hacerlo, además, con un sentido del humor que permita llegar a todo el mundo.
Cuántas veces me quedé pensando en los "deberes" que ponía en sus homilías en las Benitas, San Ildefonso, el Sagrado Corazón, los Maristas, el Hospital... y es que don Antonio tenía el don de la ubicuidad. Estaba allí donde hacía falta. Qué entrega...
Se multiplicaba, como los panes y los peces. Siempre yendo de un sitio a otro. Andando con su característica sotana. Acabando una misa para marcharse casi corriendo a la siguiente parroquia, familia o sitio donde le hubieran reclamado. Imposible llevar la cuenta de la cantidad de bautizos, comuniones, confirmaciones o bodas que ofició. No se me ocurre una persona que estuviera más imbricada en la comunidad talaverana. Qué servicio...
También fue sacerdote en el colegio de los Maristas. Fue allí donde muchos tuvimos la inmensa alegría de tratarle en nuestro día a día. Algunas tardes, al salir del colegio, me iba con algunos amigos a echarle una mano en el Barrio del Potrero. En ese pequeño "despacho" celebraba misas e impartía catequesis a niños pequeños. Un lugar sencillo y que me trae muy buenos recuerdos: partidos de fútbol en el parque (4 adolescentes vs. 20 niños pequeños), los dibujos animados de la Biblia, las anécdotas con los chavales más gamberrotes...
Aquellos locales constituyeron la semilla de uno de sus grandes encargos: la construcción de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. La verdad es que no conozco a ningún otro sacerdote actual al que le hayan encomendado construir dos iglesias en una misma ciudad española. Tenía experiencia. Unos cuantos años antes había puesto en marcha la Parroquia de San Ildefonso. No paró de construir material y espiritualmente. No paró de ayudar, esa fue una constante en su vida. Qué capacidad...
Llegados a este punto también pienso que por Talavera han pasado muchos y muy buenos sacerdotes. Curiosamente, hace unos días descubrí este recorte de un periódico de 1991. En su columna semanal mi padre elogiaba un libro de otro sacerdote. Ni más ni menos que el impulsor de la declaración como Basílica de la "ermita" de la Virgen del Prado:
Tengo también recuerdos duros en los que la luz espiritual de don Antonio brilló para mi familia. Sobre todo me acuerdo de una visita que don Antonio hizo a mi padre cuando éste ya estaba muy enfermo. Esa tarde hablaron del bien y del mal. De la luz y de la obscuridad.
Me consta que don Antonio siempre quiso aportarle esa visión tan positiva y tan luminosa de nuestro camino por la vida. Aún a pesar de la peor de las perspectivas.
"Hay que morir para vivir"
Don Antonio volvió a acercarse a nuestra casa en los primeros compases fatales de la pandemia de COVID-19. En aquellos momentos de miedo e incertidumbre en que ninguno teníamos claro qué podía pasar. Él desafió todas aquellas circunstancias. Lo hizo para dar la extremaunción a mi padre. Sin miedo, sin dudas. Qué abnegación... con su ejemplo me hizo comprender la profundidad de las obras de misericordia. Aquello de "visitar a los enfermos" cobró otra dimensión.
Creo que la relación que cada uno de nosotros tenemos con la trascendencia es insondable. Seas creyente o no. Llámalo como quieras: Dios, ciencia, demiurgo, sembrador de estrellas...
Es algo tan particular, tan personal, que resulta difícil de explicar incluso para uno mismo.
Yo pude atisbar eso en mi padre. Un hombre de ciencia y profundamente humanista. Probablemente su forma de creer se hallaba en esa encrucijada. Así se refleja en algunos de sus artículos periodísticos, poesías, cuentos y novelas.
Gracias don Antonio. Que nos sigas ayudando desde arriba. Y gracias porque tu partida me ha permitido acordarme y desempolvar algunos escritos de mi padre.
Transcribo a continuación un par de columnas a modo de sentido homenaje. DEP.
El sembrador de estrellas
He leído hace unos días una noticia que me ha dejado algo aturdido. Astrofísicos de varios países pretenden construir antes del año 2005 un gigantesco radiotelescopio con capacidad para observar detalles del universo primitivo. Esta novedosa hazaña que está por conseguirse me lleva a recapacitar sobre los diversos hallazgos del hombre en torno a su mundo.
Recordemos para empezar que la Biblia pone a la Tierra en el centro, y así lo veían también los grandes filósofos griegos como Aristóteles. Llegó Copérnico y nos instaló de golpe en la periferia del susodicho universo, colocándonos como súbditos del sol. Afirmación que corrobora casi un siglo más tarde Galileo, que a punto estuvo de perder el pellejo por dicha afirmación.
Pero el vuelvo mayor está por llegar. Es Newton, catedrático de matemáticas en Cambridge, al publicar sus Principae Matematicae, con la ley de la gravitación universal como hallazgo decisivo el que abre una nueva vía hacia la idea de que el universo se expande.
Esta posibilidad contemplada teóricamente es observada por Edwin Hubble, quien añade que todas las galaxias se alejan del espectador. Esto lleva a una conclusión fácil: en algún instante estuvieron más cercanas, incluso hubo un momento primitivo, el big-bang, explosión en que la energía absoluta pasó a ser materia.
Los astrofísicos de nuestro tiempo piensan en capturar con su telescopio al universo primitivo. Pero, ¿Cuál es ese universo? ¿tiene temporalidad? Dice Einstein que hay una cuarta dimensión, el tiempo. Así pues contemplamos en la noche los diversos pasados de diversas estrellas, constelaciones y galaxias. Ese cielo estrellado resulta no ser más que un cúmulo de retales de épocas ya pasadas en aquellas dimensiones siderales que creemos contemplar. Suponemos que los astrofísicos querrán captar, echando el reloj de las esferas hacia atrás, ese primer momento de supuesta explosión.
Me parece que si nos encontramos en esa situación en que la materia no existe aún y sólo está la energía casi infinita nos vamos a dar de bruces con el sembrador de estrellas.
¿Lograrán los astrofísicos hacerle la foto también a ese ente?
No lo creo.
Historia del tiempo
Paseando por el patio central del Trinity College, no ha muchas fechas, hacía cábalas acerca de la manzana del más ilustre profesor de Cambridge, Isaac Newton. Venía a mi memoria una pregunta sin respuesta que me hiciera mi hijo de 4 años hace algún tiempo: Papá, ¿Qué hay detrás de la última estrella? La lectura de algunos comentarios hechos sobre una reunión de científicos en torno a la idea del tiempo me ha hecho retomar el libro de uno de ellos, Stephen Hawking, y perderme de nuevo en sus infinitas páginas. Este hombre, sucesor de Newton en la cátedra Lucasian de Matemáticas en la citada Universidad de Cambridge, a pesar de la terrible enfermedad que le aqueja, presenta una excepcional brillantez en la exposición de sus ideas.
En la votación que se hizo en la referida reunión de sabios ganaron aquellos que sostienen la teoría de la inexistencia del tiempo. Esta afirmación nos rebasa totalmente a los mortales.
Hagamos un poco de historia del tiempo, parafraseando a Hawking. La Biblia parece decirnos que la Tierra es el centro del universo, y que el Sol gira a su alrededor. También el filósofo griego Aristóteles lo veía así. Muchos siglos transcurrieron hasta Copérnico, al que hoy llamaríamos polaco por su nacimiento, el cual propuso al Sol como centro del universo, girando la Tierra a su alrededor. Casi un siglo más tarde Galileo se atrevió a mirar las estrellas cara a cara con su flamante y recién invento. Dedujo de ello, y lo lanzó a los cuatro vientos, que el Heliocentrismo de Copérnico era cierto. En mala hora escribió sus Diálogos el astrónomo pisano, pues libróse de la hoguera por los pelos.
Pero volvamos a Newton. Estamos aún en el siglo de Galileo, cuando el inglés atormenta al mundo con sus Principia Mathematica. Estábamos en la tranquila contemplación terrestre de nuestra superioridad cuando lanza la Ley de la gravitación universal. Resulta de ello que las estrellas se atraen entre sí. Este raro enamoramiento abre un resquicio a la nueva idea: el universo se está expandiendo.
Así pues ahora nos enteramos que lo que vemos en el cielo estrellado en noches de luna clara no es inmutable, no es lo mismo un día que otro, se agranda. A ello Edwin Hubble añade un peldaño más, observa que absolutamente todas las galaxias se alejan del espectador y eso conlleva una inmediata sugerencia, en otro momento debieron estar más cercanas, en un determinado instante debieron surgir; la teoría del comienzo del universo como una explosión primigenia, el big-bang, se comprende más fácilmente y también la de un ente superior, un creador.
Ya tenemos un universo cambiante, pero falta la guinda de este pastel complicado y hermoso. Einstein va a ponérsela con su Teoría de la relatividad. Hace falta una cuarta dimensión, el tiempo, para entender el universo. Sirva un pequeño ejemplo: si el Sol se apagara en este mismo instante no nos enteraríamos, porque ahora estamos en el futuro de un pasado normal del Sol; pero dentro de 8 minutos sí que nos enteraremos, porque entonces estaremos en el futuro de un pasado anormal del Sol. Esto ocurre a diario con las Galaxias que contemplamos en el Universo, pues de las más lejanas estamos viendo su pasado de hace ocho mil millones de años (lo que tarda su luz en llegarnos).
Así pues esa pregunta, ¿Qué hay detrás de la última estrella?, no solo no tiene respuesta, sino que no puede tenerla nunca, pues nuestro tiempo es distinto del tiempo de cualquier estrella que contemplamos. El tiempo es un espacio que se curva soportando la masa y energía que sobre él gravitan. El tiempo tiene su historia, la que nos cuenta S. Hawking en su libro; léanlo y comprenderá cuán grande es la creación, aún contada por un ateo como él.





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