La arteria que nos une
LA ARTERIA QUE NOS UNE
Esto siempre es así. Incluso el día en que te marchas.
Por otra parte, cuántos viajes a Portugal organizaron mis padres. Para enseñar aquellas tierras a familiares y amigos. Visitas a sitios imprescindibles y a otros más profundos.
Aunque viva en el Mediterráneo, el eco de una voz lusitana se ha quedado reverberando en mi memoria. Quizás una memoria de hechos nunca vividos. No lo sé. Lo interior es insondable.
Un linaje siquiera desaparecido.
No del todo. El primer "viaje" de Júlia también fue hacia el oeste. A aquel extremo del Algarve intrépido y ventoso. Días de luz y aventuras. De pensar en cómo sería la crianzinha que venía.
Como contrapunto, también recuerdo aquel último viaje con mi padre para despedirse de Portugal: Guarda. Ese último bacalhau à Brás antes de decir adiós y cruzar la raya por última vez. Esa frontera que fue paisaje pero también protagonista de un par de novelas y varios relatos suyos.
O a lo mejor no había tanta fascinación, ni misterio. Era una parte de su mundo. El mundo que él se había creado, a su medida. Original y único, como decía Miguel Torga.
Años después pensé que no, que aquel viaje no había sido el último de mi padre a Portugal. Sus cenizas descansaron en el Tajo y el Tormes. Ambos ríos que transitan hasta desembocar en el Atlántico. El Tajo en el Mar de la Paja; el Tormes, a través del Duero, en El Puerto. Las dos capitales portuguesas: Lisboa y Oporto.
Podría decir que mi padre, a lo largo de su vida, hizo el mismo viaje que el Tajo / Tejo: nació en la provincia de Teruel, cruzó la Península, fue más allá de las montañas y desembocó en el Atlántico.
Esa desembocadura que fue la puerta al mundo para los portugueses. De allí partieron, durante la época de los descubrimientos, sus barcos hacia África, Asia o América navegando primero por el estuario del Tajo. De allí partió mi padre hacia lo infinito.
Inevitable acordarme de Manrique:
"Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en el mar
que es el morir"
El Tajo, una suerte de Omarambo por cuyo cauce acabaremos deslizándonos.
Nunca me preguntes por qué miro así al río.
Estoy pensando en esa arteria que nos une.
Un viaje a Lisboa
Làlinha, aquella muñeca negra del cuento portugués, se fundió con el océano inmersa en las aguas de su río, el viejo Tajo, el río de Camoens y de Pessoa.
Los caminos van cayendo hacia los alcornocales mientras la cercanía se huele, se palpa incluso a cada kilómetro que pasa, atracción casi magnética hacia el mar. La memoria se inunda de los viejos dioses marinos surgidos de la espuma, el torrente incesante, los barcos que circundan lo desconocido, y de la noche.
Mas al fin está el puente, ese abrazo de tierra, río y océano, Lisboa al cabo.
Noche abierta, luces inconcretas en la orilla, Jerónimos, Belem, muelles, barcos; todo un palpitar de estrellas que se ven allá abajo.
Poco a poco la noche se cierra, como el ánima, y el mecer de las olas se funde con el sueño en un imposible, Làlinha, muñeca negra, al fin adiós.
Amanece en Lisboa con esa lentitud oceánica que prolonga el inicio del despertar. Desde la ventana la brisa discreta se esconde en el bosque de pinos y eucaliptos, perfumando el aire de la mañana.
Hoy hemos iniciado nuestra andadura en Belem. Aquí nos saluda el monumento a los descubridores, quilla que embiste las aguas del Mar de la Paja, mitad Tajo, mitad océano, como queriendo cortar en dos el fluir eterno de las aguas.
Esa egolatría de todos los tiranos se refleja en estas grandes piedras, recuerdo de navegantes, descubridores, reyes y poetas.
Un jardín durmiente enmarca la visión blanca y hermosa de los Jerónimos; juegos de cipreses verticales y parterres agarrados a la tierra, aroma verdinegro y arbóreo, rojos y amarillos en la rosaleda. A lo lejos queda la Torre de Belem, quizás morisca, quizás renaciente en su porte cautivador.
Mas el calor empieza a apretar y relajar las conciencias, mientras el ruidoso paso del tren rompe monótonamente cada cierto tiempo la quietud de este lugar sin límites, telón de mar sin fondo.
Estamos en el claustro del monasterio y aquí más que la oración embarga al viajero la emoción, emoción de grandeza, emoción de belleza en esos suspiros de piedra que se yerguen entremezcladas, formas y volúmenes que trascienden la materia, espíritu palpable.
Vuelta a la ciudad, al Rocío, que es plaza y es ágora, es encuentro y multitud.
Una cerveza caliente recuerda las tradiciones inglesas, pueblo tan hermanado al portugués en la grandeza de los mares. Continuamos el paseo por la ruo do Carmo, tea encendida y corazón palpitante. Elevador de Santa Justa, tejados y lejanía mezclados, visión de encanto y decadencia, es el propio espíritu de la ciudad.
Vuelta a las calles, trajín de coches y viandantes, el tranvía, foto fija de Lisboa, que nos saluda con ese andar cansino y casi polvoriento, subiendo las cuestas imperecederas de aquí.
Plaza del Comercio, elegancia y olor salobre, escaleras hacia el Tajo, transbordadores hacia la otra orilla, mercados de bullicio, olor a viandas extrañas, reflejos del ir y devenir portugués por las páginas de la historia, corazón de este país.
Y vuelta a las calles, empinada cuesta camino del Castillo, San Jorge y el dragón a la espera, el tranvía que nos rebasa enseñando el 28 a la espalda. Largo de Santa Catalina, parada y fonda.
Son los ricos aromas de la sopa alentejana, o el bacalao a la brasa con el chorro de aceite glorificador; arroz con leche para equilibrar, y redondeo con el bagazo que refuerza y da esplendor a la ascensión reiniciada.
Mirador de Santa Lucía, estanque y templete de buganvillas reflejados sobre el recorte del río allá abajo. Travesía y rúa de Santa Cruz del Castillo. Otra vez gente brotando a borbotones, como el agua que parece fluir por todas partes en este lugar cercado de la vieja Lisboa, frente del cuervo silenciosa, dejarse llevar por el último atardecer.
Madrugada y fado en Adega Machado, sentimiento en la noche, antiguas sensaciones, recuerdos de infancia, el alma que transita entre la "raya" y el amanecer.
Llevamos el mar tangente en nuestro tercer día por tierras portuguesas camino de Sintra, que es un cuento de hadas y una emoción contenida. Frondosas arboledas centellean los caminos, mientras las primeras casas, belleza incontrolada, adormecen la vista y el corazón.
Palacio en la hondura, vericuetos y escaleras, cocina para dos mundos, chimeneas lentas en su huida hacia el cielo, y frescor de fuentes recluidas en jardines desesperados por la prisión; la emotividad de los azulejos, recuerdo sevillano en la distancia y relajamiento de los sentidos en este vivir sin prisas, vivir de reyes y enamorados, naturaleza y armonía.
Arriba, a lo lejos, castillo de moros que es una montaña bravía aprisionada, lleno de caminos que son barbacana y son espesura para el caminante. Abajo queda el encuentro, villa y palacio hundidos por las tapias enraizadas en la hiedra y los geranios.
Y más arriba aún Castillo da Pena, cuesta empinada entre la bravura del pinar y de la aliseda; jardín inglés y rumor de océano lusitano.
Jadeante esfuerzo y balcón postrero hacia el inmenso mar, el inmenso bosque, al aire y al rumor indefinible: gozo discreto de eternidad.
Vuelta a empezar, volante y amargura. Pasar lentamente los lugares, imposible parada para tierras desesperadamente hermosas. Primero Mafra, inmensidad de piedra y escultura; después Alcobasa, monasterio inolvidable.
Pero nuestro destino está más allá, en altura, dominios almendrados, Óbidos.
¿Cuánto rincón ensimismado entre los muros? Blancura de cal y violeta de buganvillas que en este lugar son arte. Iglesias que se desparraman casi en fila india por las empinadas calles del pueblo; arcos que dejan entrever a lo lejos, en la llanura, los campos verdes y amarillentos. Un sombrero de paja nos sirve de recuerdo de este encuentro imborrable. Mas al poco como siempre el adiós.
Se acurruca la tarde a nuestra espalda y vamos recorriendo desandando la distancia hasta Batalha.
Aquí está Portugal, Aljubarrota y victoria, loor a los vencedores. Grandioso espectáculo contemplar este monasterio; el arte se convierte en alabanza. Es exquisita la transparencia y el enjambre de piedras dominadas. Capillas inacabadas contrastan con ese cielo que les sirve de bóveda indefinida e inmortal.
El camino de regreso se hace urgencia como siempre, como todos los finales. Coimbra se enseñorea allá arriba, dominios y universalidad.
Después Buçaco en su bosque tramando y poco más allá el río indefinible, Mondego, el más hermoso de los ríos del mundo. Viseu quedó atrás entre un rincón de azaleas perdidas y Guarda nos espera entre mínimas luces en la noche fronteriza.
España ya, tierras charras primero, Extremadura al poco. Y ya todo es igual, la lucha contra el sueño y la carrera hasta la meta que es también la salida.
Ojos y telarañas, despedida
y fin.











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