La arteria que nos une

LA ARTERIA QUE NOS UNE 

A mi amiga Silvia, que le gusta "Memória" casi tanto como a mí.

Decía el cantante portugués Sérgio Godinho que "hoy es el primer día del resto de tu vida":


Esto siempre es así. Incluso el día en que te marchas.

En el caso de mi padre ese primer último día llegó tal día como hoy de hace seis años: el 20 de marzo de 2020

Un día después del Día del Padre... 

También es el día en que regresa la primavera. Una estación de la que se predica que todo vuelve a nacer.

Me resulta difícil de asimilar que ya hayan pasado seis años. Pero no me quiero centrar en su ausencia. Como siempre, quiero seguir celebrando su vida.

Quiero conmemorar la honda huella que dejó en nuestra familia y en sus amigos.

Así que como hoy ha sido Sérgio Godinho quien me ha traído el recuerdo de mi padre voy a seguir por ese sendero lusitano. Caminaré hacia el oeste hasta llegar al Atlántico.

Lo cierto es que mi padre amaba PortugalEse amor se veía reflejado en muchas de sus aficiones: escritura, pintura, música, lectura, gastronomía, historia... ¡Cuántas aficiones tenía! 

Como reescribió "El Gallo Perico" en aquella preciosa despedida con la música de Quique González: "Nada hay que no supieras, ni en lo que no enredaras".


Cuántas canciones en portugués sonaron en casa. Todavía recuerdo la primera vez que escuché la Canção do Mar de Dulce Pontes. Fue un par de años antes de que cobrara cierta fama por aparecer en una tremenda película.


A Dulce Pontes tuvimos el inmenso placer de escucharla una noche de verano a la orilla del mar. 
Cambió su salvaje Atlántico por el plácido mediterráneo de Valencia. Aquella noche huimos de los libros. Cruzamos el fuego para salir de la cueva.

Las quemaduras nos han acompañado a lo largo de la vida. Año tras año. 

También Navidad tras Navidad. La época perfecta para volver a escuchar uno de los villancicos más hermosos jamás escritos. Nuevamente en la inconmensurable voz de Dulce Pontes:


Ese amor de mi padre por lo portugués era contagioso.

Este blog es una prueba de ello. Si probáis a buscar veréis que hay más de treinta recetas donde el bacalao es el protagonista. Él decía que se podía comer bacalao todos los días del año sin repetir su forma de preparación. Ahí dejo el reto para quien quiera escribir ese recetario.

En mi caso no me he puesto a cocinar sino a aprender portugués. El motivo oficial es un proyecto laboral. Pero en lo profundo yo sé que lo hago para estar más cerca de mi padre.

En su día escribí que las palabras pueden ir arropadas por un manto de nostalgia. Pero es que, en estos días, no paro de darle vueltas a que el portugués es el idioma perfecto para expresar ese sentimiento tan poliédrico. La nostalgia, aquello que fue hermoso y murió. 

Un sentimiento cercano pero distinto de la saudade. Aquello que fue hermoso y todavía vive en mí. Hacen falta muchos siglos de historia, sufrimiento y belleza para crear ese concepto.

Y si hablo de saudade, debo hablar de Madredeus. El etéreo grupo de Teresa Salgueiro que tanto gustaba a mi padre:


Para algunos, la voz más bella de la historia. Para mí, un viaje a los años noventa. A lo bello, pero también a ciertos recuerdos del horror: el conflicto de los Balcanes, los conciertos en la biblioteca destruida de Sarajevo, los señores de la guerra:


Por otra parte, cuántos viajes a Portugal organizaron mis padres. Para enseñar aquellas tierras a familiares y amigos. Visitas a sitios imprescindibles y a otros más profundos.

Esos viajes que, junto con sus recuerdos de infancia, le sirvieron para crear algunas piezas de sus rompecabezas literarios.

Siguen a estas líneas su cuaderno de acuarelas y relatos "Un viaje a Portugal". 

Al releer ese cuaderno de viaje me he acordado de mi querido J. Llamazares, el andariego de Trás-os-Montes. Esa provincia, la del Estado Novo, que está hundida en nuestra sangre. No lo digo por decir. Dos estudios genéticos de estimación étnica lo demuestran. Algo se queda enterrado, profundo, en la sangre.

Aunque viva en el Mediterráneo, el eco de una voz lusitana se ha quedado reverberando en mi memoria. Quizás una memoria de hechos nunca vividos. No lo sé. Lo interior es insondable.

Un linaje siquiera desaparecido.

No del todo. El primer "viaje" de Júlia también fue hacia el oeste. A aquel extremo del Algarve intrépido y ventoso. Días de luz y aventuras. De pensar en cómo sería la crianzinha que venía.

Como contrapunto, también recuerdo aquel último viaje con mi padre para despedirse de Portugal: Guarda. Ese último bacalhau à Brás antes de decir adiós y cruzar la raya por última vez. Esa frontera que fue paisaje pero también protagonista de un par de novelas y varios relatos suyos. 

La raya portuguesa. Un lugar casi fantástico. El Macondo de mi padre. Una geografía dotada de cualidades casi míticas. Donde la realidad y la magia se entrecruzaban.

O a lo mejor no había tanta fascinación, ni misterio. Era una parte de su mundo. El mundo que él se había creado, a su medida. Original y único, como decía Miguel Torga.

Años después pensé que no, que aquel viaje no había sido el último de mi padre a Portugal. Sus cenizas descansaron en el Tajo y el Tormes. Ambos ríos que transitan hasta desembocar en el Atlántico. El Tajo en el Mar de la Paja; el Tormes, a través del Duero, en El Puerto. Las dos capitales portuguesas: Lisboa y Oporto.

Podría decir que mi padre, a lo largo de su vida, hizo el mismo viaje que el Tajo / Tejo: nació en la provincia de Teruel, cruzó la Península, fue más allá de las montañas y desembocó en el Atlántico.

Esa desembocadura que fue la puerta al mundo para los portugueses. De allí partieron, durante la época de los descubrimientos, sus barcos hacia África, Asia o América navegando primero por el estuario del Tajo. De allí partió mi padre hacia lo infinito.

Inevitable acordarme de Manrique: 

"Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en el mar

que es el morir"

El Tajo, una suerte de Omarambo por cuyo cauce acabaremos deslizándonos.

Nunca me preguntes por qué miro así al río. 

Estoy pensando en esa arteria que nos une.

Un viaje a Lisboa


Làlinha, aquella muñeca negra del cuento portugués, se fundió con el océano inmersa en las aguas de su río, el viejo Tajo, el río de Camoens y de Pessoa.

Allá vamos también nosotros, al encuentro de la última brisa del mar, Lisboa antigua y señorial, Lisboa de los navegantes, ciudad ruidosa y callada, callejas empinadas, fado y esperanza.

Buscamos ese encuentro de ciudades hermanadas en hermosa cerámica azul, el barro divino que da materia a las cosas; azul de tierra la una, del mar la otra.

Y este inicio de viaje, cuatro viajeros, la tarde adormecida, es un predominio del gozo, como si las vivencias futuras fueran ya pasadas. Lola, dos amigos que ya no son novios, y el balanceo del navegar, carretera y río, sendero del océano y el corazón.


En esta impresión primera, como la aguada de una acuarela que despierta, las cigüeñas viajeras parece que ya emprendieron su viaje africano; quedan si acaso retazos tardíos que manchan el cielo levemente con ese vuelo armonioso y pausado, adormeciendo las lejanas montañas de
Gredos, violetas y magenta.

Oropesa, silueta y monte, se enseñorea en sus campanarios, castillo y caserío. El recuerdo antiguo de los virreyes nos trae las tierras del otro lado, mar en medio, con sus aromas nuevos y distintos, blanco y negro, café, canela y vainilla, indias y oropel. A su lado Lagartera de candor y reinas, vestimenta preparada para las bodas y manteles de enjambre, hilo fino y labor tranquila al amor de los siglos.



A nuestro paso golpean esos infinitos verdes adehesados del atardecer, silueta de almenas y torres, la vieja ciudad señorial de conquistadores, Trujillo, que se derrama hacia la inmensa llanura desde su pedestal de gloria. 

Vuelta a rodar, compañía de maizales, frescor del agua que no desemboca; Mérida, puente y Guadiana, verbo latino y deje extremeño hacia la frontera que no lo es. 

La canción rompe el silencio del encuentro; el recuerdo, Lalinha, se hace fado hondo, saudade y anochecer. Es Portugal, el viejo hermano que tiende sus manos abiertas al viajero engulléndolo en un abrazo entre dos luces, símbolo y agonía del encuentro primigenio. 

Atrás queda la cansada Elvas en su raya impenitente, con el folklore de las felpas al por mayor y el sonido antiguo de colores recientes; más allá el acueducto y los bosques de olivos, con el trasfondo de olorosos eucaliptos, mientras la blanca piedra se hace hermosura en Estremoz.


Los caminos van cayendo hacia los alcornocales mientras la cercanía se huele, se palpa incluso a cada kilómetro que pasa, atracción casi magnética hacia el mar. La memoria se inunda de los viejos dioses marinos surgidos de la espuma, el torrente incesante, los barcos que circundan lo desconocido, y de la noche.

Mas al fin está el puente, ese abrazo de tierra, río y océano, Lisboa al cabo.

Noche abierta, luces inconcretas en la orilla, Jerónimos, Belem, muelles, barcos; todo un palpitar de estrellas que se ven allá abajo.

Poco a poco la noche se cierra, como el ánima, y el mecer de las olas se funde con el sueño en un imposible, Làlinha, muñeca negra, al fin adiós.


Amanece en Lisboa con esa lentitud oceánica que prolonga el inicio del despertar. Desde la ventana la brisa discreta se esconde en el bosque de pinos y eucaliptos, perfumando el aire de la mañana.

Hoy hemos iniciado nuestra andadura en Belem. Aquí nos saluda el monumento a los descubridores, quilla que embiste las aguas del Mar de la Paja, mitad Tajo, mitad océano, como queriendo cortar en dos el fluir eterno de las aguas. 

Esa egolatría de todos los tiranos se refleja en estas grandes piedras, recuerdo de navegantes, descubridores, reyes y poetas. 

Un jardín durmiente enmarca la visión blanca y hermosa de los Jerónimos; juegos de cipreses verticales y parterres agarrados a la tierra, aroma verdinegro y arbóreo, rojos y amarillos en la rosaleda. A lo lejos queda la Torre de Belem, quizás morisca, quizás renaciente en su porte cautivador. 

Mas el calor empieza a apretar y relajar las conciencias, mientras el ruidoso paso del tren rompe monótonamente cada cierto tiempo la quietud de este lugar sin límites, telón de mar sin fondo.

Estamos en el claustro del monasterio y aquí más que la oración embarga al viajero la emoción, emoción de grandeza, emoción de belleza en esos suspiros de piedra que se yerguen entremezcladas, formas y volúmenes que trascienden la materia, espíritu palpable. 

Vuelta a la ciudad, al Rocío, que es plaza y es ágora, es encuentro y multitud.


Una cerveza caliente recuerda las tradiciones inglesas, pueblo tan hermanado al portugués en la grandeza de los mares. Continuamos el paseo por la ruo do Carmo, tea encendida y corazón palpitante. Elevador de Santa Justa, tejados y lejanía mezclados, visión de encanto y decadencia, es el propio espíritu de la ciudad.

Vuelta a las calles, trajín de coches y viandantes, el tranvía, foto fija de Lisboa, que nos saluda con ese andar cansino y casi polvoriento, subiendo las cuestas imperecederas de aquí.

Plaza del Comercio, elegancia y olor salobre, escaleras hacia el Tajo, transbordadores hacia la otra orilla, mercados de bullicio, olor a viandas extrañas, reflejos del ir y devenir portugués por las páginas de la historia, corazón de este país.

Y vuelta a las calles, empinada cuesta camino del Castillo, San Jorge y el dragón a la espera, el tranvía que nos rebasa enseñando el 28 a la espalda. Largo de Santa Catalina, parada y fonda. 

Son los ricos aromas de la sopa alentejana, o el bacalao a la brasa con el chorro de aceite glorificador; arroz con leche para equilibrar, y redondeo con el bagazo que refuerza y da esplendor a la ascensión reiniciada.

Mirador de Santa Lucía, estanque y templete de buganvillas reflejados sobre el recorte del río allá abajo. Travesía y rúa de Santa Cruz del Castillo. Otra vez gente brotando a borbotones, como el agua que parece fluir por todas partes en este lugar cercado de la vieja Lisboa, frente del cuervo silenciosa, dejarse llevar por el último atardecer.

Madrugada y fado en Adega Machado, sentimiento en la noche, antiguas sensaciones, recuerdos de infancia, el alma que transita entre la "raya" y el amanecer.


Llevamos el mar tangente en nuestro tercer día por tierras portuguesas camino de Sintra, que es un cuento de hadas y una emoción contenida. Frondosas arboledas centellean los caminos, mientras las primeras casas, belleza incontrolada, adormecen la vista y el corazón.

Palacio en la hondura, vericuetos y escaleras, cocina para dos mundos, chimeneas lentas en su huida hacia el cielo, y frescor de fuentes recluidas en jardines desesperados por la prisión; la emotividad de los azulejos, recuerdo sevillano en la distancia y relajamiento de los sentidos en este vivir sin prisas, vivir de reyes y enamorados, naturaleza y armonía.

Arriba, a lo lejos, castillo de moros que es una montaña bravía aprisionada, lleno de caminos que son barbacana y son espesura para el caminante. Abajo queda el encuentro, villa y palacio hundidos por las tapias enraizadas en la hiedra y los geranios.

Y más arriba aún Castillo da Pena, cuesta empinada entre la bravura del pinar y de la aliseda; jardín inglés y rumor de océano lusitano. 


Jadeante esfuerzo y balcón postrero hacia el inmenso mar, el inmenso bosque, al aire y al rumor indefinible: gozo discreto de eternidad.

Vuelta a empezar, volante y amargura. Pasar lentamente los lugares, imposible parada para tierras desesperadamente hermosas. Primero Mafra, inmensidad de piedra y escultura; después Alcobasa, monasterio inolvidable. 

Pero nuestro destino está más allá, en altura, dominios almendrados, Óbidos.

¿Cuánto rincón ensimismado entre los muros? Blancura de cal y violeta de buganvillas que en este lugar son arte. Iglesias que se desparraman casi en fila india por las empinadas calles del pueblo; arcos que dejan entrever a lo lejos, en la llanura, los campos verdes y amarillentos. Un sombrero de paja nos sirve de recuerdo de este encuentro imborrable. Mas al poco como siempre el adiós. 

Se acurruca la tarde a nuestra espalda y vamos recorriendo desandando la distancia hasta Batalha.


Aquí está Portugal, Aljubarrota y victoria, loor a los vencedores. Grandioso espectáculo contemplar este monasterio; el arte se convierte en alabanza. Es exquisita la transparencia y el enjambre de piedras dominadas. Capillas inacabadas contrastan con ese cielo que les sirve de bóveda indefinida e inmortal.

El camino de regreso se hace urgencia como siempre, como todos los finales. Coimbra se enseñorea allá arriba, dominios y universalidad. 

Después Buçaco en su bosque tramando y poco más allá el río indefinible, Mondego, el más hermoso de los ríos del mundo. Viseu quedó atrás entre un rincón de azaleas perdidas y Guarda nos espera entre mínimas luces en la noche fronteriza.

España ya, tierras charras primero, Extremadura al poco. Y ya todo es igual, la lucha contra el sueño y la carrera hasta la meta que es también la salida. 

Ojos y telarañas, despedida 

                                                y fin.


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